Cosas que echaré en falta cuando me vaya de aquí (I): El deporte base

Para la gente que va llegando nueva; os pongo en situación. Esto de ponerme a escribir un cuaderno de bitácora empezó hace menos de un mes con la vorágine coronavírica en España y mi autoconfinamiento aquí. (En primavera de 2020 aquí quiere decir Estados Unidos) Era una forma de entretenerme con dos cosas que siempre me han encantado: dar la turra a la gente y chafardear con el ordenador. Como lo primero se me da mejor que lo segundo, no tardé en encontrar ayuda con el tema cibernético. (Ya tenía ganas de meter esta palabra por algún lado. ¿Saben que viene del griego y significa arte de gobernar una nave? ¡No me digan que no mola! ¡Por qué no estudiaría latín o griego en su momento?) El caso es que un buen vecino y mejor amigo se puso manos a la obra y lo que era un diario de un expatriado in the USA se convirtió en una pedazo de página web, dándole en cuatro días la vuelta al conceto:

Lo mismo le digo una cosa que le digo la otra

Pero hoy quiero volver a los orígenes y dejarme de traducciones de blogs de educación del Washington Post o columnas de opinión del New York Times para hablaros de alguna experiencia como visitante (y parece ser que según pa qué también residente) en el país de Uncle Sam. Para ello voy a abrir un hilo sobre cosicas que echaré en falta cuando vuelva a cruzar el charco y como le debo una buena entrada a mi querido Milan (y se la seguiré debiendo), empezaré por el deporte base.

Ir al partido de fútbol americano o de baloncesto los viernes por la noche después de clase es lo que yo llamo una FULL AMERICAN EXPERIENCE. Ya desde bien entrada la mañana te sueles encontrar a la banda del cole amenizando la entrada a clase. Los jugadores portan sus jerseys y lucen con orgullo su número a la espalda. Las animadoras también van uniformadas y se nota en el ambiente que no van a ser sólo ellas las que aúpen al equipo del pueblo en la victoria. El claustro llega al instituto uniformado aunque sea de forma un tanto involuntaria; la coincidencia de aparecer con vaqueros es porque el resto de los días no está bien visto que los llevemos. Conforme avanza la mañana se ven más caras pintadas con el color dorado y negro mientras el ambiente se caldea. En los pasillos y en las clases no se escucha otra cosa:«¡Ey! ¿Vienes esta noche al partido?» y «Esta noche nos los comemos».

Las clases terminan a las tres y el partido nunca es antes de las seis, pero la transición que se produce de centro educativo a complejo deportivo es casi instantánea. Los días que el claustro no hace previa en el bar del pueblo y aprovecho para corregir hasta que dé comienzo el partido, salgo del edificio a por un café y a «tomar aire» sobre las tres y cuarto, con los aparcamientos vacíos y el campus tranquilo. A lo que vuelvo a salir otra vez a eso de las cinco los coches ya empiezan a acumularse y varios de ellos con música; la cola para entrar a ver el partido ya empieza a coger forma; las familias más tempraneras ya están dentro y han cogido sitio en las gradas o han montado campamento base con las típicas sillas de camping plegables; y según a que hora sea el kickoff los jugadores ya están calentando. Imagínense entonces cómo está el recinto cuando empieza el partido. Un día se me ocurrió salir a la gasolinera poco antes de la hora de inicio y a lo que volví tuve que aparcar en Cuenca (que no lo es, pero podría ser perfectamente algún pueblo de la zona porque te encuentras nombre de ciudades europeas por todos lados).

[Otro día cuento más cosas de mi vida en el coche. Imagino que será la entrada que abra el hilo Cosas que no echaré en falta cuando me vaya de aquí]

Vamos, Indians!

Nunca me ha dado por preguntar las cifras de asistencia, pero casi me atrevería a decir que medio pueblo acude al instituto a ver el partido, y cuando son los regionales te encuentras al otro medio pueblo del equipo contrario. No voy a entrar en comentarios concretos porque el acento de la zona me impide descodificar los gritos que se producen, pero puedo asegurar que el campo entero es un fervor y por momentos uno se siente como en La Bombonera. El espíritu de comunidad y la pasión adquiere su máxima expresión cuando el equipo consigue anotar.

Y ahora, la reflexión

Las principal crítica a este universo deportivo integrado en la vida escolar es que afecta negativamente al rendimiento académico del alumnado. No voy a decir que no sea cierto, pero tampoco me atrevo a decir que la muchachada rendiría mucho más en clase si no dedicaran tantas horas al deporte. Si pienso en Zaragoza, la vida adolescente a partir de las tres de la tarde no es que gire precisamente en torno al estudio. Así es como la gente plantea aquí la pregunta: si no se quedan en el instituto practicando deporte después de clase ¿qué harían entonces?

Por otro lado, ya se lo oí una vez a un sociólogo que estaba de becario como yo en el CNICE: ¿Y si el futuro fuera de la educación pasara por el coaching [entrenamiento]? Esta frase adquirió para mi una nueva dimensión en Milan. Muchas de las personas que entrenan algún equipo por la tarde son profesoras o parte de la comunidad escolar. Y estoy hablando de un buen número de gente. El director deportivo (que es a la vez una suerte de jefe de estudios del instituto) me dijo una vez cuántos deportes había: andaba en unos doce o quince si no recuerdo mal. Ahora multiplícalo por varias categorías y por secciones masculinas, femeninas y mixtas. Al principio me preguntaba cuándo corregían o preparaban las clases esta gente si de 7 y media a 3 y media estaban en el aula y luego se ponían las zapatillas y el pantalón corto pa entranar, pero al tiempo me di cuenta de que al final todo queda integrado y los lazos entre profesoras y estudiantes transcienden de la hora lectiva: el acompañamiento en el proceso de enseñanza-aprendizaje y la cultura del esfuerzo carece de franjas horarias (sé que suena a Mercadona, pero es el eslogan de mi instituto: Give your best effort). Si a ello le sumas que estamos en un pueblo de menos de dos mil habitantes y que la comunidad escolar es la mayor empleadora de la zona, imagínense la magnitud de la cosa (y la influencia de las familias).

Otro día continúo este hilo de cosicas que (no) extrañaré o cierro de una vez por todas nuestra visita cervecera por Cincinnati (no es que no quiera, es que en esa entrada me apetece ser un pelín preciso con el tema de las raíces germanas y la historia). Mientras tanto, tenéis otra entrada recién salida del horno sobre este tema. Se lee muy fácil porque se trata de unas textos para estudiantes de español a los que me gustaría terminar dando forma de libro: ¡Este país me vuelve loco!

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