El CoViD con toques republicanos (parte 1)

Mucho río, mucho viaje, mucha historia y mucha tontería, pero al final cuando hablo con la gente del otro lado del Atlántico el tema estrella es el coronavirus. Y con ello me refiero desgraciadamente al de la pandemia y no al del emérito, porque sigo sin entender cómo después de llevar más de dos cientos años con Borbones que nos salen rana uno tras otro, no se ha abierto el debate del modelo de estado por muy alto que sea el número de contagios; eso sí bailemos el agua al neoliberalismo rampante y alarmémonos porque el número de viviendas ocupadas ha aumentado ligeramente (lo cual no deja de ser normal en tiempos de crisis), que el banco malo y la mala banca tienen que proteger sus ladrillos y no quieren que una crisis económica les salpique lo más mínimo.

No sé ni por dónde empezar, la verdad. Es un tema tan delicado que resulta imposible abordar sin herir sensibilidades, así que intentaré limitarme a describir lo que veo, que no es ni mucho menos todo Estados Unidos, porque esto es muy tocho y a saber lo que se cuece por la costa este en Nueva York, por la costa oeste en California o allá en el sur por Texas o Luisiana. Me voy a ceñir al sureste del Estado de Indiana, que es donde vivo y trabajo.

Empecemos por la normativa estatal: aquí tenemos el mandato de llevar la mascarilla puesta, pero poco después de que el gobernador de Indiana dictara la orden, Curtis Hill dictaminó que el gobernador no podía establecer castigos por no llevar la mascarilla puesta. Curtis Hill sería como el equivalente al fiscal general o consejero de justicia y, cuestiones jurídicas o gubernamentales aparte (mira que lo intento, pero no me aclaro con esta gente), lo que más me sorprende es que tanto gobernador como fiscal general pertenezcan al mismo partido y se hagan y deshagan el uno al otro. Así a grandes rasgos: aquí la disciplina de partido tal y como la conocemos en España no existe y el fiscal general o secretario de justicia, no es designado por el gobernador, sino que es elegido también en las urnas, entiendo yo que como muestra de respeto a Locke y Montesquieu en lo que respecta a la separación de poderes. También muy a grandes rasgos podríamos pensar que el hecho de que dos compañeros de partidos se pisen el sembrao mutuamente podría responder a la táctica de la puta i la Ramoneta, con la cual intento contentar al mayor número de votantes posibles sin mojarme mucho (aquí el tres de noviembre se vota no sólo si Trump continuará cuatro años más en La Casa Blanca; además hay elecciones para elegir al gobernador del estado de Indiana)

https://www.coronavirus.in.gov/maskuphoosiers/

Toda esta brasa política viene al caso porque con este ir y venir de normas y sentencias, en la práctica, la gente hace lo que quiere por la calle. Y lo que sucede es lo que sucedería en casi todas partes, si no hay castigo, la mascarilla no la lleva ni el tato. Esto no es que me parezca como para llevarse la manos a la cabeza: entiendo perfectamente la obligación de andar por la calle con la mascarilla en el barrio de delicias de Zaragoza, donde nos agolpamos casi treinta y cinco mil personas por kilómetro cuadrado, pero en la zona en la que estoy yo en Estados Unidos somos una quinta parte de la gente que hay en Delicias y estamos esparcidos en un terreno que es ciento cincuenta veces mayor que mi querido barrio. En definitiva: que en el espacio que le corresponde a una persona aquí, en Delicias hay metidas setecientas cincuenta.*👇Ver abajo edición👇 Si a eso le sumas que la gente en Estados Unidos apenas camina porque va con el coche a todos lados, ya me dirás tú que obligación tengo de llevar la mascarilla por la calle cuando voy a la gasolinera a por tabaco, si la gran mayoría de las veces no me cruzo con absolutamente nadie. La obligación sí que es efectiva en los establecimientos y antes de entrar por la puerta la gente se pone la mascarilla religiosamente, salvo algunas excepciones.

Hasta aquí todo bien: si no me junto con nadie, la mascarilla no tiene ningún sentido. Mañana veremos qué pasa con los eventos al aire libre en los que sí que concurre gente. Visitando la página web del pueblo en el que vivo (si aún no sabéis el nombre, deberíais echar un vistazo a las entradas anteriores), os podéis hacer una idea de lo que se cuece en el downtown

*Cuando miré los datos se me olvidó que aquí cuentan por millas y no por kilómetros, con lo que la superficie se mide en millas cuadradas y no kilómetros cuadrados (lógico, ¿a que sí?). Así pues, donde aquí hay una persona en Delicias hay mil y pico. ¡Con razón me notaba yo más desahogado aquí!

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